CINCO
METROS DE MEMORIA
Por: Allan Macdonald
Escrito y Dibujante Político
En la vida está el país, allí está
una ciudad, en la ciudad está una avenida; la avenida
se llama Cervantes y en ella está una casa, en la casa
está el número 1301, en ese número está
un museo, en ese museo está la memoria, y allí
en la memoria está el COFADEH. Allí están
todas las memorias esparcidas en los viernes, de pie, con
ese dolor terco en la plaza La Merced.
El museo de los desaparecidos mide cinco metros al cuadrado,
tan pequeño espacio con tantas memorias; Dios sabrá
como es posible que allí quepa tanta ignominia, tanto
dolor, tanto orgullo, tanta dignidad, tanto pasado, tantas
cosas, tanto futuro, tanta historia, tanta sangre, tantas
lágrimas, tanta injusticia, tanta muerte, tanto horror,
tantos recuerdos, tanto amor. ¡Cómo es posible!.
Allí está el sentido convulso de la vida en
medio de un poemario de Benedetti, que aquel niño hombre
que le decían Roger González cargó dentro
de su morral, hasta el último de los amaneceres inútiles
y salvajes.
Allí está la fotografía blanco y negro,
con los ojos austriales y dormidos por el relámpago
de magnesio el último domingo de 1982 se tomó
Hans Madisson.
Allí está entreabierto el libro que escribió
en la cruz de la teología ausente el Padre Guadalupe.
Allí está la máquina de escribir, aquel
aparato indomable como un carrusel de caballitos de letras
que cabalga las ideas de Tomás Nativí; allí
está el corazón de Tomás envuelto en
un papel amarillo triste que él mismo adornó
con un adiós para Bertha.
Allí está un cementerio de frutas muertas para
siempre que Joselito Aguilera pintó en un lienzo retorcido
de silencios.
Allí está el martillo de carpintero galileo
que usó Miguel Angel García. Allí está
junto a su cepillo dentífrico y su pedazo de reloj
de puño, ese reloj sin horas, sin tiempo, que, él
usó en la vida, con horario matemático.
Allí, en el centro de los cinco metros están
las cartas escritas con los cinco dedos del alma para Rina,
el amor de toda la vida y de toda la muerte de Tavo; allí
están sus corbatas, su fajón de cuero crudo,
sus números enteros de economista y sus tijeras de
sastre, y allí en el último de sus alientos
cuelga un poema para Raúl; allí está
todo lo que era Gustavo Morales.
Allí está con su sonrisa de mariposas blancas
el fantasma vivo de Marco Tulio Hernández, allí
está el hombre de pie, frente a una flor anaranjada
leyéndole una carta de amor a Belia.
Allí, hundido en el mar de sus ojos imposibles, allí
está Samuel Pérez con su uniforme del Central,
cargando su trabajito manual de un emperador maya que, él
esculpió en madera color de recuerdos.
Allí está Rolando Vindel, mirándonos
despacio y con un otoño lánguido bajo sus pupilas,
allí está desde su testimonio final escrito
en la cárcel.
Allí están las postales y las cartas con olor
a besos ausentes que Eduardo Becerra le escribió a
Ninoska, aquella muchacha de ojos de enero febril que Eduardo
amó entre libros de anatomía y estetoscopios.
Allí está Jorge Alberto Maldonado, tratando
de sostener esa Nitzcheana voluntad, para no morirse nunca.
Allí está Enrique López Hernández
con sus cuatro uniformes tridentinos, sus carnets y entre
sus fragmentos de vida está su invitación de
bodas.
Allí están las voces encerradas en una bocina
que cargó con una alegría vencida por el holocausto
del adiós que nos dijo Carlos Luna.
Allí están otros nombres, otros rostros petrificados
en la historia, allí están otras radiografías
de cosas enternecedoras y desgraciadas como en una galería
de domingos torpes e inciertos.
Allí está el taciturno color de nostalgia retratada
de cuerpo entero.
Allí está la vida, y la vida estás en
el país, allí está una ciudad, en la
ciudad está una avenida; la avenida se llama Cervantes
y en ella está una casa, en la casa está el
número 1301, en ese número está un museo,
el museo mide cinco metros, y allí está la memoria….
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